Domingo, 11 de febrero de 2007
Un buen día, un montañero que caminaba por la cima de una montaña, sin darse cuenta, pisó un nido de águilas, un solo huevo quedó intacto.
Sabiendo éste que las águilas desechan los huevos en contacto con humanos, lo recogió y sin saber qué hacer con él, lo entregó a un granjero que tenía gallinas cluecas.
El águila nació rodeado de gallinitas, se sentía como tal, eso sí, se consideraba y era considerada la rarita.
Y mientras picoteaba el suelo buscando comida, observó en el bello cielo azul una grandiosa águila volando con sus magníficas alas desplegadas al viento.
-Qué maravilla, quien pudiera ser águila, si yo fuera águila, cuantos lugares podría ver y visitar durante mi vuelo-
Pero el águila se sentía gallina y seguía con su pico, picoteando el suelo día tras día junto con sus hermanas las gallinas. Para éstas, el águila era conocida como eso, Pepita la rarita.
Y así pasaban los días, los meses, los años, mirando al cielo y viendo la hermosura de un ave majestuosa, que además tenía la posibilidad de disfrutar de tantos lugares posiblemente maravillosos.
Así, hasta que Pepita fue envejeciendo, hasta morir de vieja por aburrimiento.
Y lo peor, murió siendo la rarita.
¿Cuántas águilas hay haciendo de gallinas y además raritas por tener que simular lo que no se es?
La respuesta la tiene cada persona que se haga la pregunta de forma reflexiva.
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Por: Bernardo Garcia | Vida Cotidiana | Comentarios (0) | Referencias (0)
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